Volvamos con el casino en Andorra

Las casas de juego se asemejan muy poco a los clásicos lugares de lujo para minorías de grande poder adquisitivo

El proyecto de instalación de un casino de juego ha vuelto a surgir como iniciativa del Gobierno actual, planteada y replanteada desde hace siglos como gran solución para la atracción del turismo y, tiempo era tiempo, como una fuente de ingresos suficientes como para hacer llegar el ferrocarril a estos valles.

Mucho más recientemente ya se volvió a descartar cuando la propuesta procedía de la misma cabeza de Gobierno de entonces, Marc *Forné, con la oposición no sólo del oficial otras fuerzas políticas al Consejo General, sino también de buena parte del grupo liberal, que si la memoria no nos es infiel, entonces encabezaba el actual líder del ejecutivo, Antoni Martí.

Una de las razones fundamentales de aquel rechazo reciente era y es la consideración de este tipo de establecimientos como una máquina de lavar dinero, en un tiempo en que los estados vecinos, la UE y la OCDE presionaban este Estado porque cumpliera las normas suficientes para merecer ser *esbor­*rat de aquella lista de países no homologables, una definición que siempre consideramos tan injusta cómo difícil de sacar.

Quizás ahora, que el propósito se ha conseguido, parezca llegado el momento de traer a la práctica el que tantas veces había quedado frustrado. Aun así, no ha desaparecido el riesgo de un efecto negativo sobre la imagen nacional en los mismos ámbitos internacionales.

Otro de los riesgos evidentes es la posibilidad, ligada a la apertura económica, de implantación aquí de empresas de juego poco deseables, o directamente indeseables, que en todo caso serían la parte destinada a la responsabilidad de materializar técnicamente la realización de los juegos.

En la penúltima ocasión, para evitar esta crítica, el proyecto *Forné reservaba la mayoría absoluta del capital a la participación del Estado y a participaciones minoritarias de la ciudadanía, para dejar el socio extranjero como minoritario. Pero ya sabemos cómo han funcionado estas cláusulas de participación *forània minoritaria hasta ahora.

La inversión para un casino de los clásicos, siguiendo el viejo modelo de la *belle *époque, que tiende a evocarse cada vez que se habla exige una gran inversión y un elevado gasto de mantenimiento, con personal especializado que también tendría que contratarse, de entrada, al extranjero. En cuanto a las características de lujo, vestimenta obligatoria, pago de entrada y otras formas de restricción indirecta del acceso, para reservarla a personas de alto *standing, y crear un ambiente selecto, la experiencia demuestra que se han perdido.

Un casino emblemático de este microclima era lo de *Biarritz, donde iban muchos españoles y más vascos cuando estos tipos de juegos estaban prohibidos por el franquismo. La gran sorpresa y decepción fue visitarlo la década pasada. La ruleta, el *black-*jack y similares habían sido desplazados a un lugar pequeño del primer piso. La planta baja había quedado completamente abierta, prácticamente sin paredes, y estaba llena de máquinas *escurabutxaques que, según los técnicos, constituyen a estas alturas la fuente del 80 por ciento de los ingresos de la mayoría de casinos europeos, cuando no han quedado como única especialidad.

La doctora González, ninguno de la unidad pionera del tratamiento de la adicción al juego (*ludopatia) que se creó en el hospital de *Bellvitge señalaba los sacapuntas como el elemento con más riesgo de provocar la enfermedad, porque reúne todos los factores que enganchan el usuario: facilidad de acceso, inmediatez entre jugada y respuesta en forma de premio, bajo coste de la apuesta y elementos de atracción complementarios, como por ejemplo el ruido característico, música, colores… Con todos los graves efectos que la *ludopatia compuerta sobre personas, familias y sociedad.

Ya hubo una efímera invasión de estos aparatos al país, siguiendo el modelo español, a bares y otros establecimientos de restauración, rápidamente y sabiamente eliminada. Sin ellas, los tribunales nacionales ya han juzgado casos de delitos económicos con la *ludopatia como móvil.

El modelo de casino actualmente rentable, repetimos, tiene como base las *escurabutxaques, que por la popularidad se hacen *volgudament accesibles y sin las restricciones selectivas de los antiguos casinos. Para los turistas, y para los ciudadanos del país, sacado de los menores y los que, por decisión médica, judicial o del interesado, tienen prohibido el acceso.

Con todos los riesgos básicos enumerados, que no son todos los posibles, quizás hay que repensarse bueno si este proyecto no comportará más perjuicios que beneficios, y más temprano que tarde, por muchos y muy buenos controles que se establezcan sobre el ajustamiento a la legalidad de las máquinas, y sobre los usuarios, porque sean sólo los aceptables y bastante protegidos.

La legislación general que regule los juegos de azar, más allá de específica para los *bingos, en perjuicio de los clubes deportivos que se beneficiaban, continúa siendo una asignatura pendiente, y necesaria, en el marco jurídico nacional. Cuando en los estados vecinos están o han regulado ya, también, los juegos por la red. El ejemplo más evidente de esta necesidad son las loterías y *rifes españolas, que proliferan en situación de *alegalitat, pendientes de normativa y de unos convenios *bil·laterals tantos golpes anunciados como no acabados de establecer, y que serían una fuente de ingresos públicos quizás menor –o no–, pero más segura y menos arriesgada.

Fuente:

Diari d’Andorra