Del cielo al infierno, en Andorra el alquiler de pisos y la gestión de patrimonio han desplazado las ventas.

La crisis económica ha afectado todos los sectores, pero no es ningún secreto que algunos han salido peor parados.

Es el caso del inmobiliario, que ha pasado a vivir en sólo unos pocos años su época dorada –algunos profesionales admiten que demasiado dorada– en un momento extremamente delicado.

La coyuntura del país añadida a la importante dificultad para acceder al crédito de las entidades financieras ha hecho bajar la venta de inmuebles de manera espectacular. Las agencias no han tenido más remedio que adaptarse o morir –y no todas han conseguido evitar la desaparición– a un nuevo panorama del cual, además, no se divisa una salida cercana. 

Las transformaciones progresivas sufridas por las empresas han ido en dos direcciones. Por un lado, la investigación de ámbitos de actuación vinculados al sector y que habían quedado en un segundo plano durante el boom inmobiliario, negocios que permitieran compensar, cuando menos en parte, el hundimiento de las operaciones de compraventa. De la otra, la necesaria contención de gastos que, en algunos casos, se ha traducido en bajas entre el personal y en otros en la reducción del número de oficinas.

Y es que no ha habido más remedio. A la hora de hablar de venta de pisos no se puede hablar ni de estancamiento ni de retardo. Ha caído en picado. “El que antes hacías en un mes, ahora lo hago en un año, o incluso necesito más tiempo”, apunta el responsable de la inmobiliaria Oceánico, Carles Julián, que recuerda como “en una tarde había llegado a cerrar seis pisos de una misma promoción” para después admitir que “era una locura”. Ahora, sentencia, “vender costa más y se tiene que trabajar mucho más para hacer ventas de importes muy inferiores”. El gerente de Nou Aire, Joan Toribio, indica que “tan distorsionada” era aquella situación como el actual, en la cual “muchos nos hemos concienciado que se tiene que trabajar más para hacer menos”. 

Ante este panorama, son muchas las agencias que han apostado de forma clara y decidida tanto para ofrecer una importante cartera de pisos en alquiler como otras actividades como la administración de comunidades de propietarios o de patrimonios –se trae la gestión de varios inmuebles de una mismo propietario–. “Antes, todo el que era el alquiler estaba en la tercera división para las empresas y, en cambio, ahora ha ganado mucha importancia y ha pasado por ante la venta”, explica Eusebi Soler, gerente de Massandor. 

Apuesta necesaria

Estas salidas se han convertido, en algunos casos, en un auténtico balón de oxígeno para muchas empresas. Así lo reconoce Julián, desde Oceánico, cuando explica que el alquiler y la gestión de patromonio se han erigido como actividades clave para su negocio. “Yo siempre lo hacía. Recuerdo que algunos compañeros me preguntaban por qué lo hacía si no daba tanto dinero como la venta. Ahora, todos ellos han visto que estos ingresos son seguros”, comenta. Con más contundencia se expresa la directora general de Immoser, Meritxell Hernández. “Las agencias que sólo hacían comercio han cerrado. Las que están abiertas hoy son las que hacen administración, comunidades o alquileres”. 

Toni Capilla, responsable de la inmobiliaria 7 Clavos remarca que el arrendamiento “es el que se hace básicamente” después de que el volumen de operaciones de venta “haya caído entre un 60 y un 70%” en su caso. A su entender, la reducción del plazo de preaviso para dejar una vivienda alquilada que se impulsó con la ley de medidas de reactivación económica ha servido para dar aire al sector. “Ha animado la gente a cambiarse de piso y, para mí, ha sido un gran diferencial, una opción acertada que ha beneficiado tanto el propietario como los inquilinos”, afirma.

La apuesta por estos ámbitos de negocio ha permitido evitar los despidos de algunos trabajadores. “Nosotros somos tres personas a la inmobiliaria y no lo hemos tocado porque necesitamos a todo­se para hacer las administraciones de las comunidades de propietarios”, explica el propietario de Urbandor, Fidel Valls. 

No todo el mundo, pero, ha tenido la misma suerte. “Nos ha tocado reducir gastos tanto en publicidad como en personal. Antes tenía cuatro trabajadores. Ahora lo traigo todo yo”, revela el propietario de Eurofinques, Lluís Quintana, empresa en la cual “hemos cambiado el alquiler por la venta porque esta, simplemente, no existe”.

La reducción de gastos también se ha traducido en los locales ocupados por las empresas del sector. Las grandes agencias han reducido el número de oficinas, como por ejemplo Oceánico. “Estábamos a Encamp, Andorra la Vieja y Massana y ahora sólo tenemos esta”, explica Julián. Otros más pequeñas han optado por soluciones todavía más radicales, como pone de relevo el caso de la inmobiliaria Goce. Su propietaria, Sara López, recuerda que “tenía una oficina y ahora me he cambiado en casa mía, donde tengo una parte habilitada como despacho; también tenía una secretaria, pero ahora el negocio no da para contratar nadie”, indica. Y en una situación similar se ha encontrado Clàudia de Vila, de la inmobiliaria Font. “Ventas ya no en estiércol cabe. Sort de los alquileres que tengo desde hace 30 años. Si no, habría tenido que cerrar. Yo ya he cerrado la oficina y me he puesto en casa”, comenta.

Futuro incierto

Cada agencia se ha adaptado a su forma, pero dónde hay coincidencia es en el pesimismo con vistas al futuro. “Lo veo complicado. La gente no tiene dinero y ni alquila ni compra. Tengo el presentimiento que muchas inmobiliarias continuarán cerrando porque los gastos no se cubren”, explica Míriam Álvarez, gerente de Tándem. Desde Massandor, Soler tiene claro que “va por largo” y asume que “al término medio” entre la situación actual y la de durante la plena burbuja “ tardaremos a ser entre tres y cinco años”. 

Algunos de los profesionales consultados, además, lamentan otra situación que complica, a su entender, todavía más el panorama: el hecho que los bancos han entrado al mercado para vender los pisos que se tienen que quedar por impago de las hipotecas. “Hacen de inmobiliarias. No dan dinero a nadie salvo que se ponga un mínimo del 20% del valor de la propiedad. En cambio, si la vivienda es el suyo, todo son facilidades”, critica Lluís Quintana, de

Eurofinques, opinión similar a la que tiene el responsable de Urbandor. “Tienen una cierta cantidad de pisos que tienen que vender y es normal que ofrezcan más facilidades, pero a nosotros nos perjudica. Ahora ya son una inmobiliaria muy fuerte e importante”, explica Fidel Valls. “Cuando vas a pedir una hipoteca, ofrecen su piso y mejores condiciones. Esto hace daño al sector porque es una competencia muy gorda”, se­ñala Meritxell Hernández, de Immoser.

El AGIA CIFRA EN UN 80% LA BAJADA DE VENTAS

El presidente del Colegio de Gestores y Agentes Immobiliarios (AGIA), Joan Carles Camp, es plenamente consciente de la dificultad actual del sector. Situación lógica si se tiene en cuenta que, a nivel general, cifra en un 80% la bajada del volumen de operaciones, evolución que seguía a la baja al 2011. “Al primer semestre cayó un 32% y después se había suavizado”, recuerda. 

Esto se ha traducido, admite, en un “goteo” de agencias que han ido cerrado, a pesar de que el número de empresas al mercado se mantiene en cifras similares puesto que “se han creado de nuevas para regularizar la gestión de patrimonios que ya hacían”. Y las que todavía continúan, explica, lo hacen con una carga de trabajo superior porque “tenemos que esforzarnos exageradamente más para hacer menos” y toca “buscar nuevo productos y hacer un trabajo titánico para intentar sobrevivir”. 

Camp confía que los cambios legales que quiere introducir el Gobierno para potenciar las residencias pasivas ayuden el sector. “Puede traer un cliente de elevado poder adquisitivo que aportará dinero al sistema”, argumenta el presidente del AGIA.

Fuente:

Diari d’Andorra