Póquer descubierto

Las partidas de póquer tienen una larga tradición.

Es miércoles, media tarde. Día nube de esta primavera gris. En un bar de Andorra la Vieja se juega a cartas. Es un bar de aquellos en los cuales se puede almorzar, comer, merendar y cenar.También ganar o perder mucho dinero jugando. Al remigio, la morcilla, a la hijoputa y, sobre todo, al póquer.

El mismo camarero que pone un café con leche intercambia dinero por fichas. Presumiblemente hay una comisión para el establecimiento. El requisito para poder jugar es sencillo: no crear problemas. “En Andorra se ha jugado con dinero toda la vida y se continuará haciendo cuando haya una ley del juego, los jugadores no tienen que temer para nada”, lo afirma una fuente próxima a la cabeza del Gobierno, que añade que “la gente que hace timbas con dinero, bares incluidos, no está haciendo nada ilegal, es una actividad alegal”. La misma fuente explica que la ley “protegerá el jugador” y se pide “qué diferencia hay entre jugar una partida de morcilla con un euro o una de póquer con 100 encima de la mesa?”. Los jugadores del bar medio sonríen, medio reniegan, mientras juegan. Contención de emociones como mandan los cánones del póquer. Se conocen y se los ve disfrutar de manera sobria y experta, como sólo lo puede hacer quién cree conocer la bestia. Pero la bestia, el juego, no acostumbra a hacer amistad para toda una vida. 

Póquer

“Se juega mucho y cuando sea legal todavía se jugará más.” Nos lo explica Jorge, nombre falso, un joven de 30 años que ha actuado de catalizador en un grupo que juega regularmente: “Nosotros nos hemos llegado a reunir 30 personas jugando en nuestro local.” No todo el mundo puede participar en estas timbas: “Aceptamos quién conocemos o quien viene invitado por un conocido.” Los jugadores de estas timbas bisemanales empiezan la noche con 100 euros de resto –término de argot para definir la cantidad con que estás jugando– y durante una noche no acostumbran a tomar mal: “He visto alguien llegar a perder 500 o 600 euros en una noche pero el más normal es que ganes 100 o pierdas 100.” Según Jorge a las partidas que se juegan en los bares la cosa cambia bastante: “En estos lugares sí que te puedes encontrar manso con 1.000 euros al tapete.” 

Una noche de póquer arranca alrededor de las 22.30 horas en una casa particular o en un local y se suele acabar hacia las 02.30. El código está claro, ser trapacero o vive tiene que ser compatible con legal, no se pueden hacer trampas, y si nunca se atrapa un jugador haciendo queda excluido para toda la vida. Por otra parte, sólo se puede abandonar una sesión si se va perdiendo, si hay beneficios se tiene que esperar a la hora fijada para acabar. 

Josep Lluís, nombre falso, tiene 45 años, está casado y su experiencia en los juegos con cartas es doble: “Soy jugador habitual pero aparte mi familia regentó durante años un bar de Escaldas en que se jugaba muchísimo.” Explica que había llegado a ver “cheques de 6.000 euros en una mesa, la gente cuando se calienta, se calienta. Recuerdo ahora mismo el nombre de un par de personas que tuvieron que marchar de Andorra porque debían de dinero a todo el mundo”. Todo y las grandes cantidades que se movían, Josep Lluís no cree que este mundo genere conflictividad: “En todos los años que hace que juego sólo recuerdo una ocasión que uno cogió por el cuello otro, pero nada más, la gente se respeta porque sabe que una de las claves para poder jugar tranquilo es que no haya incidentes y no dar trabajo a la policía.” Según este testigo el buen jugador es aquel que no se atemoriza inicialmente si pierde 100 euros: “En aquel momento tienes que cambiar 200 más para recuperarte, pero si las cosas no mejoran entonces tienes que marchar. Aún así, para algunos no es fácil, piensa que nosotros llegábamos a cerrar el bar a las siete de la mañana.” Afirma Josep Lluís que su mejor día volvió a casa con 1.700 euros y el peor con 500 menos.

Aquellas timbas históricas

Algunos locales que ya no existen habían sido el escenario de timbas de gran reputación. Una buena fábrica de leyendas urbanas. Al lado del humo del tabaco y en compañía de alguna copa, el Hotel Cerqueda, el bar el Pájaro de Fuego, el GEVA o la sala Stars vieron como se jugaban el dinero andorrano ilustres como el ex  presidente del Gobierno Josep Pintat, el exesquiador y empresario Francesc Viladomat o el empresario automovilístico Josep Mas Gol. Eran en ochenta y las fuentes también ubican entre los habituales el doctor Antoni Ruiz y el empresario Joan Coll. En aquellos lugares no se hablaba mucho de si hacía falta una ley del juego, el juego era la ley muchas noches a la semana.

“Cuando ganas es una satisfacción muy grande”, indica Patrick –nombre falso–, un empresario de más de 50 años que nos confía su testigo pero no quiere que aparezca su nombre: “No está mucho muy #ver aquí esto de jugar.” Patrick es puente entre generaciones de gamblers porque de jovencito había asistido a las partidas históricas: “Había visto alguna mano de 1 millón de pesetas”, y sigue jugando regularmente: “ voy un golpe por semana y ya me está bien, si pierdo no es mucha y a mí no me gusta ir a los casinos, que es donde te puedes hacer daño.” 

El Toribio es un empresario que se podría jubilar pero que sigue trabajando y que tampoco nos deja usar su nombre. Está considerado uno de los cracks de la morcilla del país: “Juego a cartas desde hace 50 años, empecé a la mili y he jugado a todos los juegos.” Explica que ver jugar aquellas partidas antiguas era un placer: “He visto jugar más de un golpe a Quico Viladomat al Pájaro de Fuego y era un gran jugador de póquer, no tuve nunca la suerte de poder jugar con él, pero.” Le pido si jugar durante tantos años lo acerca a la ludopatia: “No soy un ludòpata, el que pasa es que prefiero perder 20 euros jugando a las cartas que ganar 20 al bingo, que no me ha gustado nunca.

Fuente:

Diari d’Andorra